Prontuario del Seductor

En primer lugar, hemos de desclasarnos. La nobleza, hoy, es una cualidad y no una clase social. Rechacemos, por nuestra forma de estar, toda filiación burguesa. Nuestras cualidades han de ser lo más personales posibles.

¿Cómo alejarse de los valores burgueses? Haciendo de lo inefable, el instante y el gasto la base de nuestra vida cotidiana convertida así en un campo de experimentación del “momento propicio”, de lo único.

¿Cómo hacerse noble? Contra los valores burgueses, actitud noble, de grandeza. Hacer de cada gesto de cortesía, de sensibilidad, de valor, de lealtad, de honor, auténticas obras de arte. Ser enérgicos, vitales, es decir, entusiastas y decididos en cada momento como si fuera el último que debiéramos vivir. El “momento” ha de ser la unidad de tiempo de todo libertino.

Ser elegantes en el vestir y en el estar. Para lo cual es imprescindible conocerse bien a sí mismo. Ser únicos por ser capaces de llevar encima aquello que sólo nosotros podemos llevar, lo que sólo a uno mismo le está bien. Hacerse discípulo de las divinidades de la elegancia. Cada gesto, cada palabra ha de ser muy nuestra, inconfundible. El espacio social ha de ser concebido como un escenario por el libertino. Hacerse discípulo de Baco y de Venus. La gracia, la ligereza propias de la elegancia no se contradicen con el gusto giovanniano por la mesa, el vino y las mujeres. Al contrario. Consagrémonos a ello en exceso. La noción de exceso, asociada a la de gasto, ha de presidir nuestros actos. Como el Condottiere de Maquiavelo, seamos orgullosos, iracundos, golosos, lujuriosos. Cuando queramos serlo, cuando la ocasión, nuestra voluntad, lo exijan. Defendamos el lujo y la sencillez excesivos como las dos caras de la misma moneda del saber vivir. Como Dalí, demos propinas fastuosas cuando estemos arruinados.

El orgullo se opone a la falsa modestia y al servilismo burgueses. Pero no supone el desprecio de los demás. Para el libertino, cada hombre, cada mujer ha de ser objeto de estudio, sujeto de amistad u objeto de seducción, o no existir. Cada ser humano es potencialmente amigo del libertino, en cuanto que potencialmente libertino en sí mismo. La abolición de fronteras es, en este sentido, fundamental. Pero las actitudes mayoritarias están hoy encerradas en los estrechos principios de comportamientos burgueses. Frente a ellas, la ignorancia debe ser la actitud a tomar. En el desprecio hay pequeñez. Debemos ignorar la existencia de quien no nos gusta o no nos interesa. Sólo puede interesarnos, entre los agentes de dichas actitudes dominantes, aquél que reúna las características de ser nuestra futura víctima.

El orgullo nace de la energía y de la fuerza, de la potencia, y para ser una cualidad perfecta ha de combinarse con el equilibrio y la armonía. Para dar a nuestro carácter una estabilidad, una eficacia. Dejemos de ser impulsivos, desordenados, dominemos el tiempo y hagamos de nuestra vida un viaje hacia adelante, sin retrocesos y con la mirada siempre dirigida, como dice Stevenson, en el mismo sentido que el de la marcha.

Vivamos la vida como artistas. Luchemos contra las facilidades de todo orden, contra el abandono y la flaccidez. Firmeza, tensión, voluntad, singularidad para crear nuestra propia forma de existencia. Volvamos al gasto, pues gastar es vivir el tiempo como artistas.. Consumir, dilapidar es vivir la vida como una fiesta. Es hermanar y ser generosos como lo eran los nobles del siglo XVIII. Madame de Genlis recibió de Napoleón el encargo de escribir una serie de cartas destinadas a la Gran Duquesa Elisa, su hermana, sobre el “espíritu de las etiquetas”, para que ésta aprendiera a comportarse en la corte. En ellas cuenta Madame de Genlis que los nobles tenían por costumbre dejar en invierno un enorme brasero encendido desde las seis de la tarde a la una de la mañana y estar así preparados para el ejercicio eventual pero obligado de la hospitalidad. También explica que se prestaban los palcos de ópera o de teatro a los demás, las joyas, las carrozas… Madame de Rouget, una víspera de carreras de caballos en Longchamp, pidió una carroza a Monsieur de Valence quien, desgraciadamente, había dispuesto de las dos, así que compró una tercera para poder prestarla por tres horas a Madame. Y la prodigalidad nada tiene que ver con la posesión de riquezas. Es un estado del espíritu.

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